Una página dedicada a despertar el ser interior y tomar conciencia de uno mismo.En tu interior tienes toda la sabiduría, en este blog solo encontrarás un reflejo de ella.


jueves, 30 de mayo de 2013

Como vivir de acuerdo con las leyes del Universo

Son muchos los científicos, filósofos y religiosos que ya estudiaron las leyes físicas del Universo. Para vivir en armonía con este campo de posibilidades inmensurables, vale la pena conocer las tres leyes básicas de la naturaleza de la energía: la fuerza que atraviesa el universo!
La primera ley dice que todo vibra. Por lo tanto, todo es pura vibración y está en constante transformación. La ciencia moderna viene corroborando ideas alegadas y presentadas por los budistas hace mucho tiempo. El budismo dice que “mente” y “materia” son altamente interdependientes, la física quántica alega que la energía ostenta una propiedad fundamental: jamás se agota. Esto es, la energía no se extingue, se transforma en otra forma de energía.
Por vibrar en diversas velocidades, nuestros sentidos captan la apariencia de la energía de formas diversas. Cuándo más lenta fuera la vibración energética, más sólida será su apariencia.
Einstein es un ejemplo de lo que estamos hablando. La ecuación E = mc² (la energía es igual a la masa por velocidad de la luz al cuadrado) nos dice que la materia se convierte en energía a partir de un factor “c”, que es la velocidad de la luz. O sea, hay una equivalencia entre masa y energía, ellas pueden transformarse una en la otra, siendo que la densidad de la masa - más o menos sutil - está relacionada con la velocidad de desplazamiento.
Materia es energía condensada. La energía puede presentarse en diferentes estados de condensación, dependiendo de cuánto las partículas o moléculas están concentradas. Así, cuándo tenemos un estado energético en que las moléculas están muy cohesionadas, tenemos una materia más densa o cristalizada, como en nuestro cuerpo físico. Cuándo las moléculas de energía están menos cohesionadas, tenemos el cuerpo sutil. Por ejemplo, una piedra posee una vibración mucho más lenta que el perfume de una flor, que a su vez es más lento que un pensamiento!
La segunda ley afirma: porque todo vibra es necesario fluir; y por lo tanto, es necesario estar en un ligero estado de desequilibrio. Esta ley vale tanto para el agua como para nuestra vida.
La tercera ley resalta: la energía de determinada cualidad o vibración atrae otra cualidad o vibración del mismo tipo. Esto quiere decir, la energía se mueve de forma circular: todo aquello que emanamos retorna para nosotros mismos.
El conocimiento de estas tres leyes nos alerta al hecho de que cada uno de nosotros posee un acorde interior que está en constante resonancia con los otros. Para que esta resonancia sea armoniosa, es preciso que sepamos aplicar estas tres leyes en nuestra vida cotidiana.
En tanto, sabemos cuán trabajosos es mantener la vida positiva. Por ejemplo, como aplicar estas leyes cuándo estamos preocupados?
Primero, vamos a cerrar los ojos y respirar profundamente algunas veces. Ahora, con toda sinceridad, debemos responder para nosotros mismos: “Con que frecuencia he sido ganado por la energía de la preocupación”? Es importante cuestionarnos de esta forma, pues la mayoría de las veces no estamos conscientes del hábito de preocuparnos.
La preocupación es una especie de stress auto-aplicado. Su energía es densa y pesada. Convierte nuestros pensamientos fijos, paralizados, y su retorno es constante, surge como pensamientos obsesivos y más preocupaciones.
La preocupación es un peso extra del cuál precisamos aprender a liberarnos. Al aplicar la primera ley, recordaremos que nada es definitivo! Hasta la misma muerte es apenas un punto de pasaje para otro ciclo.
En tanto, no vamos a profundizar en la muerte como ejemplo, pues este no es el momento de intensificar nuestras percepciones! Al final, para aplicar la segunda ley, esto es, para hacer que la energía parada de la preocupación vuelva a fluir, todo drama debe ser evitado. Es hora de simplificar.
por Bel Cesar - belcesar@ajato.com.br Traducido Por Melissa Park

jueves, 2 de mayo de 2013

Entrevista a Ramiro Calle


¿Qué entiendes por espiritualidad?
Entiendo la espiritualidad como una actitud y un proceder. También como una aspiración y un modo de vivir. Una aspiración de perfeccionarse, lograr que la consciencia evolucione, mejorar no solo la calidad de vida exterior sino la interior. Un modo de vivir que se base en la nobleza, la compasión, la cooperación y la mutua ayuda. Una actitud inspirada en la atención consciente, el sosiego, la ecuanimidad, la lucidez. Un proceder que permita conciliar los propios intereses con los de los demás, que esté libre de ofuscación, avidez y odio, y encuentre su luz en la claridad mental, la generosidad y el amor.
Para mí la espiritualidad nada tiene que ver con las creencias, los dogmas o las religiones. Una persona puede ser muy espiritual sin pertenecer a ningún culto o sin tener ninguna creencia, y otra que se dice muy religiosa y sigue los dogmas, no tiene nada de espiritualidad. La espiritualidad es, pues, una motivación consistente en humanizarnos y respetar a todas las criaturas sintientes. Y la espiritualidad hay que llevarla al corazón mismo de la vida y con esa actitud que es la del noble arte de vivir, impregnarlo todo. La espiritualidad está en el cuerpo, la sexualidad y el instinto, las emociones y la mente. Es un espacio de consciencia y el que llamaba Buda el recto proceder y el recto sustentamiento. ¡Ay de aquel- dicen los sabios de Oriente- que por ir en su propio beneficio va sistemáticamente en detrimento del de los otros.
Siempre se habla de un cambio colectivo, pero nunca llega y cada día hay más codicia, ofuscación, odio, rivalidades. ¿Qué puede hacer una espiritualidad verdadera para cambiar el mundo?
Se ha dicho que si por cada ciudad hubiera una persona despierta, verdaderamente despierta, cambiaría la faz del mundo. Todo lo peor surge de la ofuscación, en la que entroncan la desmesurada codicia y el odio. La tragedia es vivir de espaldas a lo mejor de uno mismo, creer ilusoriamente que no morimos (el “ milagro” es siempre creer que los que mueren son los otros) y no tratar de crecer interiormente y humanizarnos. Como dice Baba Sibananda, venimos aquí unos solos días para hacernos la foto y luego nos marchamos. El único sentido, y en eso la actitud de la verdadera espiritualidad es de enorme ayuda, es cooperar con nosotros mismos y con los demás. La espiritualidad verdadera, y no las iglesias instituidas, es la que puede mejorar el mundo… Pero para ello urge cambiar la mente, porque si el reformador no reforma su mente, por ejemplo, ¿qué tipo de reforma podemos esperar de él? De los políticos prefiero ni hablar: son actores frustrados. Como dijo Jesús, ciegos dirigiendo a otros ciegos y todos al barranco. Coincido plenamente con Krishnamurti cuando dijo que los políticos no son gentes de fiar, pero no quiere decir que no haya alguna excepción al respecto.
¿Cuál es tu sentimiento y pensamiento sobre Jesús?
Para mí Jesús forma parte del linaje de los grandes liberados-vivientes,
aquellos que han sido, en palabras suyas, la sal de la tierra; los que han
superado todas las mancillas de la mente y han permitido así que aflore la compasión infinita. Por esa compasión infinita invirtieron sus vidas en llevar hasta los demás las enseñanzas, métodos y claves para la elevación de la consciencia y la conexión con el nivel de Arriba. Jesús era de Arriba.
¿A qué hay que renunciar para ser libre?
Al afán de posesión, a la necedad y ofuscación de la mente, a la idea ilusoria de que podemos controlarlo todo, al apego y el aborrecimiento, a los viejos patrones y esquemas y filtros socioculturales. Morir para renacer. A cada momento, a cada instante, sin acarrear la mente vieja saturada de heridas, rencor, miedo, afán de venganza. Desidentificarse del ego para ser uno mismo; desalienarse, recuperar el hogar interior.
¿Por qué hay tanta avidez y codicia en el mundo?
La codicia es el resultado del ego irrefrenablemente voraz, que solo quiere acumular y retener, que está en el tener y nunca en el ser. Es la mente calculadora y rentabilizadora, que no tiene fin, que es como un rapaz estómago sin fondo. Es el mayor mal de esta sociedad, la que crea todo tipo de desigualdades, explotaciones, denigraciones, manipulacio-nes, horror. La codicia no tiene fin y un sabio hindú la llamó el “círculo vicioso del noventa y nueve”. Cuando uno tiene de algo noventa y nueve, la mente dice “voy a redondear hasta cien” y cuando tiene ciento noventa y nueve, “voy a redondear hasta doscientos” y así sucesivamente. El signo del kali-yuga, la época más negra, es la codicia. Invade todos los estamentos, instituciones, y demás, como una marea negra y pestilente.
¿Dónde está la sabiduría? ¿Y dónde la gracia?
Dentro de uno. La gracia si estuviera fuera, vendría y se iría, pero está dentro de uno. Hay que ganarla, hay que activarla, hay que merecerla. No viene gratuitamente. Es lucidez y compasión. Igual que un ave necesita de ambas alas para remontar el vuelo, así las alas para remontar el vuelo hacia el Ser son la lucidez y la compasión.

¿Qué reacción te despierta la muerte?
Déjame hacer una broma, querido Joaquín: cuando me esté muriendo te lo diré. Mientras tanto es una idea, pero una idea que hay que instrumentalizar para ser más honesto, vital, sabio, amoroso. El recordatorio de la muerte es fantástico. Tenemos que aprender a soltar, empezando por este cuerpo, que un día dejaremos como unos zapatos viejos. Decía Buda que ante la muerte todo palidece. Recordarla nos hace más humildes. Si fuéramos a cada momento conscientes de la muerte no seríamos tan mezquinos, no tendríamos tantos apegos bobos, seríamos más cooperantes y amaríamos más a los seres queridos, pues les podemos perder en cualquier instante.

domingo, 28 de abril de 2013

¿Qué es la conciencia?


Muchas veces me he preguntado qué es la conciencia a la que se refieren los maestros espirituales. Utilizamos un tipo de conciencia (la reflexión) para vivir con conciencia (atención), ampliar nuestros niveles de conciencia (entendimiento y percepción) y llegar hasta la conciencia universal (dios). Comienza por lo general por una búsqueda interior para crecer y muchas veces para encontrar un propósito y un sentido trascendente en este paso por la tierra. .
Es un proceso individual de autoobservación y búsqueda de un conocimiento profundo para la evolución humana, una expansión de nuestro ser, una búsqueda espiritual y un renacer a otros niveles de realidad a través de un entendimiento. Por tanto, es un proceso que involucra responsabilizarse, liberarse, algunas veces reinventarse y de alguna manera transformarse. Lo podríamos explicar a través de sus diferentes nociones y dimensiones progresivas: reflexión, atención permanente, entendimiento y universalidad.
¿Qué debo hacer para realizarme personal y espiritualmente? ¿Cómo puedo ser una persona más sabia, valiente y feliz? ¿Cómo vivo, qué digo, como actúo? ¿Cómo puedo aprovechar la vida al máximo y generar un impacto positivo en el mundo? ¿Cómo puedo desarrollar mis facultades y alcanzar mis propósitos? ¿Qué control tengo sobre mi mente, mi cuerpo y las fuerzas que operan en mí? ¿Cuáles son mis pautas éticas y mis sistemas de valores? Son ciertas preguntas que acompañan este asumirnos a nosotros mismos y que por lo general involucran una búsqueda interior y un despertar espiritual.
El yoga nos hace ser conscientes de nosotros mismos, y de preguntas filosóficas como el origen del mundo, nuestra misión en la vida, las relaciones con los demás, la muerte, el sentido de la vida, y la manera para ser mejores seres humanos. Pero también qué condicionamientos mentales y actitudes he heredado o adquirido, que son limitantes para mi desarrollo y que me impiden ser libre, forman parte de este despertar de una conciencia autoreflexiva, que va de la mano de una conciencia ética y espiritual.
Los caminos espirituales nos hacen conscientes de nosotros mismos y de lo que sucede en nuestro mundo interior, así como de nuestros condicionamientos, sistemas de creencias, comportamientos provenientes de unos familiares o culturales. Es una gran oportunidad para observarnos, como si fuéramos un tercero que va a cine y ve una historia ajena sin involucrarse.
Atención, entendimiento y realización
Tomar distancia de lo que sucede en nuestra mente y nuestra vida es el primer paso para dejar de vivir controlados por el ego, o la ilusión de que somos un individuo con una identidad, unas características, unos deseos, gustos, unos objetivos, unos principios, unos temores y prejuicios determinados y que no podemos cambiar.
La conciencia empieza a modificar nuestra vida porque le da un giro a la forma como vemos el mundo; y también la vida empieza a responder de una forma diferente. Significa parar un poco y dejar a un lado las expectativas del entorno o los miedos y escuchar nuestra alma, que nos dice qué es lo que realmente queremos hacer. Porque tenemos atención.
Cuando observamos nuestra mente nos darnos cuenta de que nuestra mente tiende a apegarse al momento presente, a las personas y a las cosas y que esa es uno de los principales motivos de nuestro temor. Nos damos cuenta de que la naturaleza de la existencia es cambiante y que la permanencia y predictibilidad que pedimos no es ni posible no deseable. Conciencia es también tener toda la atención al momento presente y a cada cosa que hacemos. Es darnos cuenta de que siempre estamos pensando en los objetivos y que nos olvidamos de estar presentes en el camino.
También que nuestra felicidad no puede estar en lograr o poseer porque la dicha del mundo siempre tiene como contracara el sufrimiento. Y que el desasosiego de la vida o el temor a la muerte que nos llevan a las adicciones, a los excesos, a la ansiedad permanente o a la depresión se conquistan con la paz interior, que comienza por la paz mental, donde podremos ver con claridad nuestro camino y nuestra esencia divina. Que tiene que haber algo grande que nos explique y transforme.
La conciencia es el primer paso para cambiar, pues sólo si nos observamos, si observamos nuestros pensamientos que es donde se originan nuestras emociones, la vida que creamos y nuestras dichas y desdichas, podremos tomar el control y asumir la responsabilidad que tenemos, no solo en nuestra propia vida o en nuestro desarrollo personal, sino también en el mundo que creamos colectivamente.

viernes, 22 de febrero de 2013

El alquimista


Un joven, deseoso de buscar el verdadero conocimiento, abandonó todo y resolvió llevar una vida errante, para dedicarse enteramente a la búsqueda de la sabiduría.
Estaba en una cierta zona de Asia, cuando oyó hablar en una ciudad de un hombre sabio que vivía en una montaña lejana, y que tenía la capacidad de fabricar oro de las piedras. Al oír esa historia, decidió ponerse en camino, encontrar a ese sabio, y pedirle que le enseñase ese maravilloso poder.
Tras muchas jornadas de camino y penalidades, consiguió llegar al lugar donde vivía el alquimista, y le pidió que le enseñase el don de fabricar oro. El anciano le miró compasivo, le dio una escoba de barrer y le dijo: «Más tarde te enseñaré. Ahora, coge esta escoba y ponte a barrer».
Cuando hubo terminado, el joven volvió a su petición, pero el anciano le dio un delantal, y le conminó a que se metiera en la cocina y preparase algo para comer. «Mañana te enseñaré lo que quieres saber —le dijo—. Hoy se ha hecho muy tarde».
Al día siguiente, el alquimista encargó al muchacho multitud de tareas: cavar un campo de hortalizas que había cerca, arreglar el techo de la cabaña, ordeñar unas cabras... por la noche, el joven volvió a preguntar, pero obtuvo la misma respuesta: «Mañana».
Pero el día siguiente fue igual que el anterior: trabajos y más trabajos. Y fueron pasando los días, las semanas, los meses y los años, y el muchacho no cesaba de trabajar, de encargarse de toda clase de faenas. De vez en cuando, le recordaba al anciano su demanda, pero siempre  era igual la respuesta: «Mañana».
Así, llegó el momento en que el muchacho, ya maduro, se olvidó de preguntar: Ya no recordaba la intención que le había llevado a aquel lugar. Se limitaba a trabajar y a descansar.
Entonces, una mañana, el maestro le llamó y le dijo: «Muy bien, deja eso que estás haciendo y ven conmigo, porque voy a enseñarte ahora cómo fabricar el oro».
El muchacho, que estaba regando la huerta, respondió inmediatamente, sin volver la cabeza: «Mañana, maestro, ahora estoy muy ocupado. Estas plantas necesitan agua».

lunes, 18 de febrero de 2013

El teatro espiritual


La espiritualidad es tan bella que muchas veces se la desea, como se hace con las virtudes, por el adorno que proporciona. Pero si a la espiritualidad le falta la expresión exterior de la virtud, que todos pueden ver y que tantos admiran, muchos se turban y desesperan, y está claro que con ello pierden la esencia de la misma espiritualidad. En realidad, y es doloroso tener que decirlo pero es así, los seres humanos no tenemos que sorprendernos de vernos, desde el momento en que nacemos, sometidos al ego y llenos de deseos.
diablo1En la “normalidad” de nuestra vida cotidiana no nos damos cuenta que la humanidad está enferma, pero por poco que reflexionemos veremos que cabe la posibilidad de vivir de una manera mucho más espiritual. Por desgracia, aunque nada es tan grande y tan noble como la espiritualidad nada es tan ridículo y tan bajo como la idea ignorante que se forman de ella muchos individuos que desean que se les tome por espirituales. La persona espiritual es lazo de unión y de paz en las familias, es amistad eterna y lleva en su interior la luz que ilumina el camino de la vida. La persona que es espiritual ama a Dios y es por completo enemiga de la superficialidad y de la frivolidad.
Hay cosas que parecen y otras que son. Distinguir perfectamente la apariencia de la esencia, la imagen de la moral, no es tarea fácil, pero sí provechosa. ¿Es posible diferenciar la crítica honesta de la vituperación maliciosa, la indignación de la ira, el desdén de la envidia? A estas actitudes las distingue únicamente la textura del alma, porque la acción es siempre mecánica y responde a una fuerza soberana que la anima. Así lo que en un ser humano íntegro es sana indignación, en el mezquino puede ser cólera impotente. Todo se reduce a un juego de intenciones.
Hay quien ofrece un serio espectáculo pretendiendo ser lo que no es. Condenándose a la hipocresía y a la mentira se enajena de sí mismo para entrar en un Universo ficticio, desconectado de su propia realidad y carente de toda consistencia. En el camino de la espiritualidad no es lícita la teatralidad ni la representación. Hay quienes se disfrazan y toman la máscara y las apariencias de la espiritualidad y del conocimiento, consiguiendo con este engaño pasar a los ojos del mundo por personas compasivas y santas. De esta forma descuidan sus deberes fundamentales y levantan un edificio sin cimientos. Pero no siempre hay hipocresía y malicia en estos amaños, pues frecuentemente nacen debido a la falta de inteligencia, a los desequilibrios emocionales y a un exceso de imaginación, todo ello mezclado con un deseo inmoderado de imitar a grandes “santos” o figuras espirituales. No ven estas personas que no es únicamente el hecho lo que verdaderamente importa, sino también el espíritu con que se realiza.
Una de las virtudes más dignas es la humildad. Algunas acciones realizadas por espíritus nobles con fines adecuados serían verdaderas locuras si las hiciéramos personas corrientes y, además, no animadas con el mismo espíritu. Es lamentable que algunos pretendan trazarse un método de vida como si vivieran en determinadas comunidades “religiosas” e imiten en todo a personas muy particulares y con formas de vida muy concretas.
La hipocresía religiosa es una falta muy grave. Este teatro espiritual, aún en aquellos casos en que se manifiesta inconscientemente y más bien con apariencias de mal hábito contraído que con deliberado ánimo de engañar, es algo inapropiado. La hipocresía espiritual es todo lo contrario de la sencillez. La afectación, la beatería ñoña, la tendencia a escandalizarse por cualquier nadería, el disimulo, y todo lo que suponga un formulismo hueco en la práctica de la espiritualidad, es inapropiado. Frente a esta duplicidad toda la severidad e inflexibilidad es poca. Nuestros pensamientos, sentimientos y actos deben ser siempre dignos de un espíritu noble y elevado. Ser una persona espiritual no consiste, ni mucho menos, en torcer el cuello, inclinar la cabeza y caminar afectadamente, sino que se fundamente en ser siempre conscientes y obrar de manera adecuada. Pocas cosas hay que hagan degenerar tanto la nobleza espiritual ni nada que haga tanto daño al camino de la Luz como el taimado disimulo. Las personas que se comportan con hipocresía se pierden en pensamientos maliciosos; para ellos la prudencia consiste en ocultar el propio corazón detrás de las maquinaciones y el pensamiento bajo el velo de las palabras engañosas. Esta es la prudencia que se enseña a los hombres y a las mujeres desde su juventud; se llama cortesía y educación a la perversidad del corazón, y se desprecia a aquellos que la ignoran. La persona espiritual es consciente, atenta y obra siempre de forma adecuada y justa. Pero el mundo deshonra esta sencillez del alma justa, y sus sabios llaman necedad a esta exquisita delicadeza de la virtud.
La hipocresía no puede aliarse con la espiritualidad. Muchos de los que se consideran espirituales poseen una prudencia extremadamente atenta y cuidadosa para las controversias, los honores, los rangos y para atesorar y, en definitiva, actúan movidos por deberes imaginarios, por un celo sofisticado y una cierta “espiritualidad” artificiosa. Bien lejos de ser sencillos, la mayor parte de las personas que se dicen espirituales no son sinceras, sino falsas y disimuladas con su prójimo, con ellas mismas y con Dios. El disimulo y la afectación son vistos como una equivocación por todos los corazones nobles, porque tanto en el interior como en el exterior debe resplandecer en las personas la sinceridad. La espiritualidad debe ser inocente y franca, porque el camino espiritual es recto, de ninguna manera indefinido ni torcido. Por esta falta de franqueza y de naturalidad, por este amaneramiento, muchos que se dicen espirituales inspiran desconfianza, aunque no estén desprovistos de cierta virtud. La inocencia, la franqueza, la rectitud y la lealtad inteligente, en nada se oponen a la prudencia, sin la cual la virtud misma se convierte en vicio y se hace ridícula.
Para que todos nuestros pensamientos, sentimientos y actos estén realizados en Dios y con Dios, es necesario que no prescindamos nunca de la consciencia, del discernimiento, de la razón y del sentido común. Somos seres racionales y hay oscuridad e ignorancia en todo lo que se hace sin cabeza. En el camino espiritual todo es luz e inteligencia. Por eso resulta asombroso ver cómo pueden llamarse “maestros” o “guías” los que ni tan sólo han llegado al primer curso en prudencia y conocimiento puramente humanos.
Todas las cosas grandes tienen su origen en las cosas pequeñas de la misma forma que los granitos de arena forman la enorme extensión de los desiertos. En moral no se concibe la grandeza sin una humildad profundamente sentida. La espiritualidad se alimenta de pequeños actos, y cuanto más profundizamos en la espiritualidad más valor les damos a los pequeños actos y más fácilmente sacamos a la luz el móvil y el objeto verdadero de tales actos.
La espiritualidad no debe estar construida con actos heroicos ni con trabajos de gran envergadura. No se tiene que confundir la más elevada espiritualidad ni con prácticas exteriores ni con ejercicios interiores. La espiritualidad se fundamenta en ser conscientes y en obrar de forma adecuada. Ella hace a todas las personas humildes y pequeñas en los brazos de Dios a la vez que grandes y magnánimas para realizar lo que se debe hacer. Sólo la espiritualidad otorga sencillez y humildad, aunque hayan individuos que se digan a sí mismos espirituales y estén llenos de afectación y de deseos de exhibición.
Saber tratar los caprichos, las acciones y las maneras descorteses del prójimo, la renuncia a nuestras oscuras inclinaciones, la tarea que realizamos para vencer nuestras aversiones, el conocimiento de nuestras imperfecciones, el trabajo constante para mantener nuestra alma en un estado constante de limpieza y el amor hacia nuestra propia equivocación son grandes y bellas virtudes si contemplamos la vida con consciencia y con amor, aunque el hinchado orgullo de la humanidad no lo crea así.
Devoción sí, pero fariseísmo no. La espiritualidad es un asunto de dentro y de fuera, y no se debe que olvidar la importancia que tienen los dos aspectos. Hacer de nuestros actos el objetivo de la vida o hacerlo de nuestra vida interior señala inmadurez espiritual y es un indicio de un excesivo amor propio. Muchos parecen espirituales por la forma exterior que presentan, parecen rebosar humildad y sabiduría, pero en realidad no viven espiritualmente. Cuando el camino espiritual se desequilibra porque se da más importancia a un aspecto que a otro se convierte en una práctica equivocada y puramente humana que es preciso tratar de forma inteligente y firme.
Estas personas aparentemente espirituales ofenden más a Dios con el corazón, con su disposición interior, que con sus obras. Después de haber abandonado ciertas costumbres groseras adquieren otras maliciosamente refinadas con lo que sus diferentes egos se fortalecen en su interior. Empapados de conocimiento erudito aparecen por fuera como modelos de perfección espiritual. Pero suelen ser muy impresionables y muy celosos de su reputación espiritual, de modo que sus impurezas son más intensas que en otras personas que parecen menos espirituales. No es raro que la vanidad y el orgullo espiritual se escondan en el interior de quienes menos sospechamos y en la ceniza que queda de los antiguos egos.
La grandeza se encuentra en ser conscientes y obrar adecuadamente en la humildad de la vida cotidiana. Pero las acciones que se realizan en ella deben tener como fin obrar en justicia, cumplir lo que se debe hacer, sin tener ningún otro motivo egoísta que acompañe a la acción. Si no se obra de una manera limpia la vida se reduce a un absurdo, la podríamos comparar entonces a árboles en flor que no llegan a dar fruto.
En religión, en política y en la apreciación de los valores en cualquier orden, los seres humanos difícilmente respetamos los límites que pone y señala la sabiduría. Nos comportamos como un mal jinete que con dificultades guarda el equilibrio y se mantiene sobre la silla. De la misma manera que rompemos casi todo lo que tocamos y desafinamos en tantas cosas, al recorrer el camino de Dios continuamente hacemos lo mismo. El camino espiritual lo recorremos personas que ignoramos los valores eternos y nos encontramos poco evolucionados. Y, no importa cual sea nuestra categoría o distinción social, las personas poco evolucionadas nos equivocamos continuamente.
En su ignorancia, quienes son ambiciosos sufren en su ansia de perfección absoluta. Pero la perfección no es más que un sueño dorado que no es de esta vida. Debemos usar el discernimiento y comprender la sana filosofía que nos dice que en toda creencia hay siempre de más y de menos, y que no todas las prácticas espirituales convienen a todos. Entre los individuos simples que tienen anhelos de perfeccionamiento existe una glotonería espiritual que multiplica hasta el exceso las prácticas. Esta avidez les impide tener en cuenta que siempre existe una diferencia entre las personas evolucionadas y las que no lo están, y esto hace que no las seleccionen ecuánimemente.
El invitado que asiste a una gran fiesta y ve ante sus ojos la variedad de alimentos y licores, sólo come y bebe lo que cree conveniente, sin criticar lo que comen y beben el resto de convidados ni murmurar sobre la esplendidez de quien los invita. Invitadas todas las almas al banquete espiritual, cada una debe escoger el camino que se ajuste a su forma de ser. Sin murmurar ni criticar lo que hagan otros, sabiendo que si nos entregamos a gran número de prácticas, de devociones y de obligaciones, se amortigua el espíritu de vida, se apaga el ánimo y se cae en una especie de avaricia espiritual en la que se amasa todo con la misma intención de quien se quiere enriquecer pronto. La humanidad no se da cuenta que la perfección no consiste sólo en las acciones que se realizan, sino también en la disposición interior del espíritu. Y es que todos los seres humanos, sin excepción, somos unos niños grandes que tenemos que trabajar para alcanzar la madurez, y sólo se llega a la mayoría de edad espiritual cuando el alma prácticamente ya es toda luz.
Cuanto más se avanza por el camino espiritual menos fórmulas se necesitan, por eso las almas evolucionadas no se apoyan en reglas, normas ni doctrinas, sino que son por completo libres. Y esto parece ser difícil de comprender, sobre todo a quienes a duras penas pueden alcanzar un ápice de luz.
La más elevada práctica espiritual consiste en ser conscientes y en obrar de forma justa y adecuada en todo. Pero el ser humano normalmente necesita de otras prácticas menos perfectas con el fin de prepararse. Aquí es muy necesaria la virtud de la templanza y de la moderación si se quieren evitar los desvaríos, pues puede haber mucha vanidad y vana complacencia en el culto que se tributa a los ejercicios prácticos, a las imágenes y a los objetos. La persona que es verdaderamente espiritual no coloca su devoción, su fe ni su fervor en las cosas visibles ni en las prácticas y no necesita ningún objeto o imagen. Pero hay quienes parecen niños que tienen necesidad de juguetes.
Si un arquitecto se olvidara de la solidez y de la buena distribución de una edificación, y pusiera toda su atención en los adornos que dan belleza a los edificios, podríamos decir, acertadamente, que tal arquitecto se confunde y da más importancia a lo secundario que a lo principal. Nadie puede negar que los arabescos, los estucados y las cornisas tienen su valor, pero también es cierto que estos adornos dañarían más que aprovecharían, por ejemplo, al levantar casas económicas. En los asuntos del espíritu es incalculable el daño que hace la ignorancia del orden de los valores pues, aunque todo lo que existe tiene su valor, debemos aprender a discernir lo esencial de lo secundario y lo mejor de lo bueno.
El plano que no perciben directamente los sentidos comunes y el mundo que normalmente se percibe brotan de la misma fuente, y en vez de enfrentarlos pensando en que algo es material o es espiritual es preferible pensar que todo proviene de Dios, que todo es Dios y que vivimos en Él, aunque debamos ordenar todas las cosas según su valor e importancia. La filosofía, la historia, los noticieros, la política, la economía, la bolsa, las nobles rivalidades entre pueblos, la vida social, la radio, la televisión, el cine, el teatro, los deportes, etc. no son cosas de las cuales una persona espiritual deba apartar siempre los ojos con horror y con asco. El iniciado en el camino sabe que la espiritualidad más elevada consiste en ser plenamente consciente y obrar adecuadamente en todas las circunstancias de la vida, y que el marco personal en el que se desenvuelve no es más que el escenario que le brinda la oportunidad de aprender a ser espiritual.
Los seres humanos podemos bien poco por nosotros mismos. Cuando tiramos una piedra sólo alcanza ésta unos pocos metros y al momento cae al suelo, donde antes estaba esperando que alguien la pisara. Pero si es la mano de Dios, la misma que esparce las estrellas por el firmamento, la que tira la piedra, ya no hay quien la haga caer ni la desvíe de su órbita. De la misma manera, cuando la gracia divina se derrama sobre una persona, llenándola gratuitamente con dones naturales y sobrenaturales, con consuelos y con caricias, no sólo la reviste de luz y de claridad sino que la enciende con un fuego purificador y la baña de consuelo, de paz y de belleza. La empuja a amar y a hacer el bien. Dios mismo la impulsa y se vale de ella como instrumento para aplastar la maldad con la fuerza del bien.
En este profundo estado de amor y de conocimiento, el ser humano es feliz y hace felices a cuantos le rodean. Es un apoyo seguro para los que vacilan en sus caminos inciertos, es luz para los que caminan en las sombras de la ignorancia y de la duda y es fundamento para los que caminan por el sendero de la espiritualidad.
Es un espectáculo bellísimo ver a una persona espiritualmente desarrollada. La conversación y el trato con ella no cansa nunca, al contrario, produce gozo y alegría. Dueña de su espíritu y de su voluntad, se mueve en una atmósfera de serenidad contra la que nada pueden hacer las necesidades físicas. Su consciencia se baña por completo en un océano de luz divina, su voluntad está definitivamente orientada hacia la bondad absoluta, su corazón se mueve por un solo amor y todo su ser se goza en Dios, en una paz tan completa que ya no puede vivirse nada mejor. Cuando se ha gustado una vez este bienestar interior todo otro placer se ensombrece, se vuelve pequeño y de ningún valor.
Pero por sublime que sea la imagen que presenta una persona espiritual esparciendo a su alrededor la felicidad interior que le inunda, es más hermoso verla luchando a brazo partido contra la adversidad que le asedia por todas partes. La vida de estas personas también está llena de trabajos, de dificultades y de tentaciones. Las contradicciones, las tristezas y las responsabilidades, también decoran la vida de estas sublimes personas. Pero el consuelo de la sabiduría les da aliento y dulzura.

miércoles, 23 de enero de 2013

El éxito en la vida está frente a nosotros


"Cualquiera es espiritual dentro de una iglesia o una sinagoga. En un entierro o en un nacimiento. Pero hay que dar un paso más, observar qué ocurre en el mundo. ¡Salir! Preguntarse: ¿las consecuencias de todo lo que hago pueden ayudar a alguien aunque nunca sepa que las hice yo? La espiritualidad está aquí o no existe. Una espiritualidad teórica es lo mismo que nada", reflexiona Daniel Rotsztain, autor de Y ahora ¿qué? Emprender el camino para ser uno mismo, que cuenta con un complemento interesante, los comentarios del rabino Sergio Bergman al final de cada capítulo.
Rotsztain es empresario, especializado en tecnología de la información. Creador de la Escuela del Alma, centro de reflexión espiritual donde con un equipo multidisciplinario busca integrar la vida profesional con la espiritual.
"En realidad no tratamos de unir, sino de reunir, porque en el pasado el trabajo tenía una inseparable dimensión espiritual. Tanto, que en lengua hebrea hay una misma palabra para trabajo y servicio. Pero en la actualidad confundimos trabajo con empleo, que es algo que uno hace únicamente para ganar dinero", agrega.
Hace nueve años, el autor contrajo una grave y poco común enfermedad de la sangre que lo tuvo tres veces al borde de la muerte. Logró recuperarse y a causa de la experiencia escribió Y ahora ¿qué?
"Suelo decir que escribí el libro en un segundo, aunque en realidad tardé más de dos años y medio en ponerlo en palabras. Mi enfermedad me enfrentó con muchas cosas, una de las cuales era ésta: yo no me gustaba. ¿Por qué? Es terrible convivir con alguien que no te gusta, pero es peor si esa persona es uno mismo. Las largas horas inmóvil, acostado en una cama, me fueron poniendo frente a una puerta cerrada: yo mismo. Es que nos forman para agradar, no para ayudar, y terminamos por creer que eso somos nosotros. También comprendí que en mí había una profunda fractura entre mi mundo espiritual y mi mundo material. Mi profesión, mi carrera como empresario y mi naturaleza espiritual".
¿Cómo hizo para recuperar su verdadera identidad? 
Empecé por algo muy general, nuestro lugar en el cosmos, seres humanos habitantes de un diminuto planeta. Descubrí que en el universo lo normal es la no vida. No tengo dudas de que hay vida en alguna otra parte del cosmos, pero aquí, en nuestra galaxia, en este vecindario de miles y miles de kilómetros somos únicos. Somos un milagro, seres trascendentes, y si es así debemos tener una misión trascendente que nos hace humanos. Esto me llevó a comprender que la espiritualidad es algo propio del ser humano, su sentido más profundo. Y cuando un ser humano va contra su naturaleza se aleja de su centro y no es feliz. Siente un tremendo desarraigo y la única solución posible es reencontrarse, asumir su espiritualidad. Yo me había ido apartando de mi naturaleza espiritual y por eso me había enfermado.
¿Cómo es eso? 
Mirando hacia atrás me di cuenta de que continuamente había recibido advertencias, llamados a la realidad, pero no los había oído. Y cuando Dios, la trascendencia o como cada uno quiera llamarla se cansa de hablar, ¡paf! te da un palo. Esa fue mi enfermedad. Entonces pensé que no era necesario un proceso tan traumático para reaccionar y reencontrar el camino. Que uno podía escuchar las advertencias e ir estableciendo cambios progresivos, trabajar todos los días un poquito e ir corrigiendo esos pequeños desvíos.
¿Cómo nos damos cuenta de que vamos por el camino equivocado? 
Es muy simple: siendo honestos con nosotros mismos y preguntándonos cómo nos sentimos. No pensando nuestros sentimientos, sino sentiéndolos. Y siempre la respuesta es que pese a nuestros logros materiales sentimos un gran vacío. Ese es el síntoma.
¿Qué significa no pensar nuestros sentimientos? 
Nos hemos acostumbrado a movernos simplemente con la razón, con la matemática. Y la matemática sirve para dividir, dividir las cosas para poder manejarlas y controlarlas. No es que sea algo malo, pero no es lo que necesitamos en este caso. Tenemos que rescatar algo que hace cientos de años estaba muy unido con la parte espiritual, nuestra parte intuitiva, la emoción. Para algunos, la intuición como camino inspira temor, pero la gente debe entender que conectarse con la espiritualidad no es perder poder, es otra cosa, es tener las herramientas para lograr una vida mejor. Esto nos lleva a redefinir qué entendemos por éxito en la vida.
¿Qué es el éxito? 
Creo que el éxito consiste en vivir plenamente. El dinero no es algo perverso, no está bien ni está mal, todo depende de qué hacemos para conseguirlo y cómo lo usamos. A todos nos gusta vivir bien pero, ¿cuánto estamos pagando para vivir bien? Cuidemos lo que verdaderamente vale: nuestro amor, nuestros seres queridos, nuestros vínculos. Lo material importa y es bueno, pero viene como consecuencia de lo otro, nunca como objetivo final. El éxito en la vida está frente a nosotros porque todos podemos conectarnos con nuestra espiritualidad para ser lo que debemos ser.

Por Daniel Rotsztain

lunes, 7 de enero de 2013

Relación de pareja – Qué ocurre cuando uno de ellos Despierta la Conciencia


Puedes ser tú hombre o tú mujer el que empiece a tener una fuerte motivación que le tira hacia la búsqueda de la espiritualidad y el descubrimiento interior, aunque cuando uno de los componentes de una pareja decide emprender la búsqueda en solitario hacia el encuentro con uno mismo, se suceden varias cosas que se van a presentar y a las que va tener que hacer frente.
Por supuesto, cada experiencia en cada persona es distinta pero esto puede ser un perfil habitual.
El que se inicia en este trayecto espiritual en solitario, sabe que ha dado con algo que le hace muy feliz y se llena de su propia alma.
Cuando intenta compartir lo que siente con su pareja, esta se sorprende y no es capaz de entenderlo y vivirlo del mismo modo que lo vive él, con entusiasmo e ilusión.
Esto, en un principio le hace sentir mal e incomprendido.

Al mismo tiempo, la pareja, mirando la situación desde un punto más cerebral, siente la mayoría de las veces que habla con él, que está perdiendo el juicio y la razón, que todas esas historias le están confundiendo y piensa que esta perdiendo el tiempo, ya que tampoco cree que sus ideas y su forma de pensar “nueva” sean válidas para este tiempo.
Para el que emprende la búsqueda es un trago amargo el sentirse incomprendido, pero para el que lo acompaña también, ya que le invade el temor, el terror de perder a la pareja, y el de no entenderse si sigue así al hablar diferente idioma.
Pero pasa el tiempo y el que está buscando se da cuenta que todavía le falta encontrarse consigo mismo, que es duro seguir sólo en el despertar y que sería más fácil si pudiera ser comprendido por su pareja, pero al mismo tiempo se adquiere calma, bienestar y más comprensión, que antes faltaba.
Hay que saber que es lógico y normal que no se entienda este comportamiento, pues cada cual tiene su momento de despertar, su tiempo de “luz” en el que se da cuenta del motivo de su existencia, aunque sea por un camino distinto al que la pareja descubrió.
Le sigue una nueva etapa en la que el buscador se da cuenta que su trayectoria, su aprendizaje por decirlo de algún modo, está despertando en su ser más íntimo una mezcla de entusiasmo, euforia, curiosidad, ganas de saber más y más, ganas de compartir con los demás, por decirlo de algún modo.
Siente la necesidad de hacer, decir y hacer cosas para compartir lo que percibe y vive con tanta intensidad.
Y cuanto más eufórico está en esto, la pareja se posiciona en un puesto de más incredulidad y crecen lo abismos; ¡es normal, el que ha cambiado eres tú no tu pareja!
¡Es tu proceso de despertar de conciencia!
El que emprende este camino sabe que no va a retroceder, no desea volver atrás por nada del mundo, pero es que tampoco puede ni quiere, tiene clarísimo cual es su postura aunque no su trabajo a seguir, se tiene que dejar llevar y fluir por las “señales” y su intuición.
Se empieza a tener un sentimiento distinto hacia las cosas (como de más desapego a lo material), y se hace uno menos vulnerable a lo que dicen, hacen y piensan los demás, porque por lo menos se tiene algo claro, empiezas a quererte más, ¡que ya es mucho!
La pareja muchas veces no comprende nada y se desespera por que cree que te está perdiendo, y puede que sea así, al no comprender como has podido cambiar tanto.
El que emprende el camino espiritual, dedica el tiempo a buscar, se convierte en insaciable buscador de sí mismo y de lo que le rodea, y sabe que no puede dejar de buscar , se convierte en su forma de vida y cuanto más aprende de si mismo, más se conoce y conoce a los demás.
Esto tiene una recompensa, y es que su manera de ser producirá tarde o temprano un cambio a su alrededor.
Y estos cambios pueden ser de distintas formas.
El que no busca, el que se mantiene igual puede tomar decisiones como esta:
Él o ella, ve que has cambiado tanto que ya no eres el mismo/a que conoció y ya no te comprende y le es más difícil cada vez estar a tu lado, ya que hay algo que se le escapa que no puede controlar.
(Estáis vibrando en diferentes frecuencias y la persona que se mantiene igual no puede soportar ese estado vibracional más sutil del otro).
Otra es, quedarse a tu lado por comodidad, por estatus, por economía, aunque no lo entiendas y vivir vidas totalmente separadas en el espíritu, (que suele ser lo más común).
Otra es que el amor, el que no crea dependencia, ni exige, ni controla, ni quiere cambiar a nadie se convierta en comprensión y en el motivo para vislumbrar lo que le está sucediendo a tu pareja e inclusive puede despertar en ti lo mismo, y te digas; seguro que aprenderé si empiezo a mirarle con los ojos del alma, creo que hay una verdad ahí de la que puedo algún día beber de ella.
Unas veces se rompen las relaciones de pareja, pero otras se transforman y se entregan con más amor, se enriquecen y se nutren de una manera desconocida hasta entonces.
Si habéis recorrido el camino espiritual en solitario, recordad que no es impedimento para mantener una relación equilibrada, sino todo lo contrario ya que puedes comprender el porqué de las cosas y saltar esa dificultad que no es más que una prueba más de la capacidad de amor que se tiene que sostener, ya sea compartiendo la vida con la misma pareja y ayudándola con toda la información que tienes ,que para eso es la información para compartirla y así otros y tu pareja ,la tengan y tomen su decisión o entendiendo que se tiene que romper para seguir por otra senda que te hará sobre todo continuar aprendiendo, esta vez sin rencor y sin reproches por que un ciclo ha terminado ,pero siempre habiendo intentado ayudar a tu pareja y no dándole de lado por que con lo que has aprendido seria una posición muy egoísta el no ayudar al dormido.
Cuando uno despierta, despierta para el y para los que están con el, ya que lo normal es compartir y ayudar a los demás a despertar, siempre con respeto y mucho tacto, sin ofender, ni imponer.
La gran suerte del mundo es lo que les sucede a las parejas que despiertan al unísono, se convierten en una unidad que les conecta con el cielo y la tierra para descubrir las verdades y el propósito de la vida.
Entienden y comienzan a vivir la espiritualidad de forma activa en cada cosa que hacen, lo viven y lo sienten juntos, por eso descubren cual es su sino en relación con todas las cosas que les suceden en el día a día de una manera más equilibrada.
A la vez descubren que han venido juntos a estar aquí en esto, en este justo tiempo porque ya lo pactaron con anterioridad en algún otro “lugar” antes de nacer y siempre por un motivo, ayudarse y ayudar con su ejemplo y su manera de vivir.
Por eso estas parejas mantienen mejor el equilibrio vibracional ya que al ser ambos los que se sostienen en una misma frecuencia les hace crecer espiritualmente de una forma más evidente.
Eso es lo que tiene que ser, si no pudiera ser después de haberlo intentado que cada espíritu siga su camino de evolución con respeto y siempre dispuesto a ayudar por que tarde o temprano todos llegamos a Roma, seria una pena llegar separados al mismo sitio y darse cuenta de que se podía haber evitado si había amor entre los dos.
Un abrazo de luz.
Viajante de las Estrellas