Una página dedicada a despertar el ser interior y tomar conciencia de uno mismo.En tu interior tienes toda la sabiduría, en este blog solo encontrarás un reflejo de ella.


domingo, 20 de octubre de 2013

La misión a cumplir en nuestra vida

En los múltiples casos que he tratado, los pacientes, con respecto a su vocación o a la función que consideraban como propia, -y con la que mayor satisfacción obtenían-, se encontraban en la vida actual en alguna de estas doce Etapas Evolutivas:
EL APRENDIZAJE: el interés, la fuerza y el entusiasmo de la persona en esta etapa está puesto en absorber todos los conocimientos que estén a su alcance para dominar esta función que, percibe, es el motor que la impusa: la que lo hará realizarse en lo que siente profundamente que es aquello para lo que ha nacido. 
LA MAESTRIA: en esta vida nacen dominando su función, la que ya han desarrollado en una o en varias vidas anteriores. No necesitan aprenderla, sino solamente “actualizar” conocimientos, que rápidamente ejercen con precisión y alegría, reencontrándose con una actividad conocida, querida y gratificante. 
EL RELATIVISMO: nace con el don innato y una enorme facilidad para cumplir con su función. Tal es su saber, (y el orgullo que va creciendo en la apropiación de ese saber), que los límites de lo legítimo y de lo que no lo es se empiezan a borrar en el ejercicio de su función. Gradualmente empieza a tomar como legítimo todo aquello que le sea posible intentar, y va borrando cualquier valor ético y social que le pueda poner algún límite humanamente aceptable a su trabajo o a su profesión.
LA EMBRIAGUEZ DE PODER: nace con una explosiva mezcla de maestría excepcional en su función, (que le da un poder indiscutible), junto con una soberbia rayana en lo patológico, un descreimiento total con respecto al bien común y un bárbaro desprecio por los demás. Distorsiona su función cuanto le parezca útil para dominar y manipular a los demás, suponiendo que esa situación es lógica y podrá mantenerse en ella todo el tiempo que él quiera y sin sufrir consecuencias negativas.
LA CAíDA: nuevamente se manifiesta la ley de causa y efecto, y ahora recoge el resultado de sus acciones anteriores naciendo en circunstancias de severa infe-rioridad física, psíquica o social. El sufrimiento de esa vida puede ser excelentemente usado para ir descubriendo los graves daños realizados antes, y para encontrar creativamente la posibilidad de reparación de esas situaciones pendientes, usándolas para su propia evolución, y para impulsar la evolución de los que lo rodean.
EL MIEDO Y LA CULPA: nace paralizado por el temor y una oscura culpa que no sabe de donde proviene (hasta descubrir en regresiones a vidas anteriores la causa que lo atemoriza). A pesar de gozar de condiciones normales y buenas apti-tudes, se siente permanentemente inferior a los demás y bloqueado en sus auténticas posibilidades. El recuerdo inconsciente de lo ocurrido en sus vidas anteriores le da una sensación de catástrofe inminente, que le impide llevar adelante su función.
LA ACUSACIóN: proyecta en el mundo, en las personas y en las circunstancias, aquello por lo que él mismo fue acusado en vidas anteriores, y se encierra en el círcu-lo vicioso de querer cambiar los acontecimientos externos, sin atinar a descubrir las causas internas que lo mantienen detenido en una acusación estéril que no genera acciones concretas, ni en el mundo ni en su propia vida.
LA PARáLISIS CREATIVA: da tempranas muestras de la función que ya trae bien desarrollada y la realiza con éxito, hasta que en un momento un hecho determinado desencadena el recuerdo inconsciente de la caída y los dolores sufridos en vidas anteriores y se paraliza en esa función, sin descubrir el porqué ni el cómo salir de esa situación dolorosa y frustrante.
EL DEBER AMARGO: desde el principio de esta vida realiza la función que ya trae aprendida, y en la que se sigue especializando activamente, pero sin alegría. Doloro-sas circunstancias pasadas que trae al nacer como recuerdos inconscientes, le im-piden disfrutar de aquello que hoy hace, y muy bien. Hacer conscientes esas viven-cias inconscientes a través de regresiones, le permitirá recuperar el placer y la alegría de aquello para lo que se ha formado, y que profundamente desearía disfrutar.
EL AMANECER: en esta etapa la función ha pasado por todas las anteriores, y aparece, por fín, desbloqueada y libre. Pero además, con una sabiduría que no tenía en la etapa de la Maestría, o del Relativismo. El que nace en esta dichosa etapa parece ir con inalterable alegría y viento a favor en lo que hace. Porque ya ha sufrido en vidas anteriores las distorsiones a las que pudo haber sometido su función, y las amargas consecuencias le han enseñado a apreciar lo que hace en su excepcional y único valor, y a hacerlo no sólo con maestría, sino con delicadeza y respeto por todo y por todos.
EL MISTERIO DE SER UNO MISMO: el que nace en esta etapa, tiene una triple y reconcentrada atención: la que pone en realizar espléndidamente su oficio, la que pone en responder con precisión e inteligencia al mundo que lo rodea, y la que pone en buscar la respuesta a la acuciante pregunta que no deja de hacerse un instante en su vida: saber Quién es. No sólo en sus circunstancias, sino en su esencia. Cuando logra responder a esta pregunta, en general después de varias vidas de búsqueda, se encuentra, se reconoce y se comprende. Se suele llamar a este encuentro: Iluminación.
LA CONSCIENCIA AMPLIADA: la persona que nace en esta etapa da una contínua y conmocionante impresión de vivir en una espiral de la evolución más alta que la de los demás seres humanos. Parece haber desarrollado una mente, un sistema emocional y una intuición superior a la de los demás. Su inteligencia no es analítica sino sintética. Allí donde los demás ven las partes, él ve el todo. Donde los demás ven seres o grupos humanos en conflicto o países en oposición, él ve interrelaciones dinámicas cargadas de sentido, en las que se puede intervenir solamente para ayu-darles a aclarar lo que están haciendo, y para desarrollar su potencial de inteligencia integradora que pueda usarse para el crecimiento conjunto y para bien de todos. Tal como él mismo lo hace.Cada una de estas etapas impregna con su propia significación la vida del que está pasando por ella, y al mismo tiempo, puede aportar un decidido impulso para su evolución. Sobre todo si el evolucionante se da cuenta de en qué punto está, qué puede ganar en esa etapa, y cuáles son los pasos que puede empezar a dar para pasar a la etapa siguiente.Ese es el objetivo de los ejercicios personales que se despliegan en “A la luz de nuestras vidas pasadas”: ser una herramienta que ayude a la evolución consciente de cada uno de los que lo leen
Lic. Amalia Estévez

viernes, 30 de agosto de 2013

Las enseñanzas de Don Juan: el legado de Carlos Castaneda

carlos-castanedaEn el verano de 1960, Carlos Castaneda, un estudiante de antropología de la Universaidad de los Ángeles California, aprovecha sus vacaciones en México para visitar el norte del país. Casteneda encuentra un chamán llamado Don Juan y a lo largo de aproximádamente diez años de experiencias comunes, escribe sus cuatro primeros libros que tienen un éxito comercial sin precedentes y provocan importantes polémicas culturales: The teachings of Don Juan (Las enseñanzas de Don Juan), 1968; A separate reality (Una realidad aparte), 1971; Journey to Ixtlan (Viaje a ixtlán), 1972; y Tales of  power (Relatos de poder), 1974. La primera versión en español de los mismos la realiza el Fondo de Cultura Económica en México entre 1975 y 1976 e incluye un prólogo de Octavio Paz.
En el primer tomo, el joven antropólogo sale en busca de un informante y va a dar con un brujo que le propone iniciarse en el universo de la brujería, es decir, hacerse su discípulo. El antropólogo acepta sin renunciar a sus objetivos científicos. En este primer libro, al tiempo en que relata experiencias verdaderamente fantásticas, intenta analizarlas sistemáticamente desde su posición de observador exterior amurallado en la antropología. El libro causa un fuerte impacto, tanto en el campo de la antropología como en el de la psicología experimental encabezada en Harvard por Timothy Leary, misma que cobra una influencia capital entre los hippies de la época, quienes no casualmente se pretendían “indios-blancos” por oposición a sus progenitores beat, a los que se calificó de “negros-blancos”.     castaneda
El aprendiz de brujo o “guerrero”, según la terminología que usa Castaneda, debe “aprender a ver”, es decir, a ver otra realidad desbordando la limitada capacidad de la percepción cotidiana.
Para este fin entran en juego la serie de enteógenos por cuya experiencia debe pasar el guerrero iniciado: Concretamente, el peyote (Lophophora williamsi) a cuyo espíritu se alude como “Mezcalito”; la “yerba del diablo” o toloache (Datura inoxia); y el hongo llamado “Humito”(Psilocibe mexicana o alguna otra variedad de hongos psicoactivos).
De acuerdo con José Luis Jiménez-Frontín en su ensayo “El desafío de Carlos Castaneda”, entre mayor sea la resistencia al abandono de la percepción ordinaria mayor será la cantidad de enteógenos necesaria para aprender la lección:
A mayor resistencia a la aceptación de las nuevas realidades desveladas por las nuevas percepciones de la experiencia alucinada, mayor será el número de dichas experiencias, necesarias para el desmoronamiento de las antiguas ‘descripciones del mundo’ del aprendiz. Un círculo vicioso en el que, como le ocurre a Castaneda, puede irrumpir el primer enemigo: el miedo. Pero pueden ocurrir también otras cosas: la ruina física o mental del aprendiz o su encadenamiento por adicción a este tipo de experiencias. Un auténtico círculo vicioso, porque nadie que no sea un auténtico ‘guerrero’ puede osar introducirse en el mundo al otro lado del espejo y salir indemne: Mescalito mata, destruye a los intrusos y arroja a los débiles a los submundos de la locura o de la esclavitud. Pero los auténticos guerreros son, precisamente, quienes menos necesidad tendrán de la reiteración de tales experiencias y menos riesgos correrán por tanto. ¡Luego no se trataba, en último extremo, de una mística alucinógena, una mística del juego de la experiencia por la experiencia! (1)
las enseñanzas de don juan
En efecto, tal como lo confirma el propio Don Juan, dicha ingestión no constituye un fin en sí misma, sino el medio más elemental y transitorio para que el iniciado pueda experimentar la alteración de las percepciones y, de ser posible, acceder a la vivencia de “la otra realidad”. En este proceso, o “senda de sabiduría” hay cuatro enemigos que persiguen al iniciado o “guerrero”: en primer lugar el miedo, miedo a la experiencia misma de la otra realidad y a la pérdida del antiguo ego, un miedo capaz de paralizar el proceso desde sus inicios; una vez superado este enemigo, aparece el poder, un poder que es real pero que debilita al que se deja atrapar en sus redes, al que se convierte en esclavo de sus propias artes (para Don Juan el brujo que practica la magia negra no es más que un pobre, miserable “aprendiz de brujo”); superada la tentación del poder, acecha el enemigo de la clarividencia, el más peligroso espejismo, sólo superable con humildad y más clarividencia; llega por fin el último y más peligroso enemigo: la vejez, la decrepitud, el debilitamiento, la tentación del abandono, la “jubilación” en suma.
Desde la óptica pedagógica de Don Juan, el consumo de enteógenos es un medio entre otros; no obstante, desde la óptica del consumidor hippie de los sesenta se le ve como el único medio posible y, sin contexto alguno, se busca en la experiencia reiterada el sentido mismo de la existencia. Para muchas personas esto es visto como una profanación, para Jiménez-Fortín, más que profanación, se trata de una “adoración del sacramento”.
En el segundo tomo, Una realidad aparte, Castaneda empieza a perfilar su ruptura con la antropología. Abandona definitivamente su papel de observador externo y esta vez narra sus experiencias desde la pura óptica de la experiencia personal; proceso que lleva hasta sus últimas consecuencias en los siguientes volúmenes. La reacción de los antropólogos es fulminantemente negativa y para desconcierto de la mística hippie, en los dos últimos libros, Castaneda rompe con la experimentación enteogénica para adentrarse cada vez en mayores complejidades. Sus narraciones dejan cada vez más claro que se trata de un proceso sin fin en el que las plantas sagradas son sólo un primer peldaño.
don juan
Para leer a Carlos Castaneda es necesario recordar las palabras de Octavio Paz con respecto a su obra. Paz afirma que la importancia de Don Juan no reside en si éste es una persona real o un personaje de ficción, sino en que la obra de Castaneda es un logro literario, una lectura que nos remite a un conocimiento interiorizado en el inconsciente colectivo, un conocimiento que mezcla varias filosofías de autoconocimiento y disciplina personal -el camino del guerrero-. La crítica que los antropólogos hacen a Castaneda no tiene porqué ser ni siquiera planteada, en cuanto a que la intensidad de la enseñanza está fuertemente relacionada con la posibilidad de poder evocar en don Juan a una persona real, un avatar del conocimiento secreto, un brujo, que al ser estudiado por un antropólogo -reflejo de la sociedad hiperracional-, devela un método para quebrantar las limitantes de la razón e ingresar a un universo de realidades elásticas que conducen hacia una especie de iluminación: la importancia, pues, no reside en la existencia de los personajes o en la factibilidad de sus experiencias, sino en la poética síntesis de conocimiento detrás de las palabras en la obra de Castaneda.

jueves, 30 de mayo de 2013

Como vivir de acuerdo con las leyes del Universo

Son muchos los científicos, filósofos y religiosos que ya estudiaron las leyes físicas del Universo. Para vivir en armonía con este campo de posibilidades inmensurables, vale la pena conocer las tres leyes básicas de la naturaleza de la energía: la fuerza que atraviesa el universo!
La primera ley dice que todo vibra. Por lo tanto, todo es pura vibración y está en constante transformación. La ciencia moderna viene corroborando ideas alegadas y presentadas por los budistas hace mucho tiempo. El budismo dice que “mente” y “materia” son altamente interdependientes, la física quántica alega que la energía ostenta una propiedad fundamental: jamás se agota. Esto es, la energía no se extingue, se transforma en otra forma de energía.
Por vibrar en diversas velocidades, nuestros sentidos captan la apariencia de la energía de formas diversas. Cuándo más lenta fuera la vibración energética, más sólida será su apariencia.
Einstein es un ejemplo de lo que estamos hablando. La ecuación E = mc² (la energía es igual a la masa por velocidad de la luz al cuadrado) nos dice que la materia se convierte en energía a partir de un factor “c”, que es la velocidad de la luz. O sea, hay una equivalencia entre masa y energía, ellas pueden transformarse una en la otra, siendo que la densidad de la masa - más o menos sutil - está relacionada con la velocidad de desplazamiento.
Materia es energía condensada. La energía puede presentarse en diferentes estados de condensación, dependiendo de cuánto las partículas o moléculas están concentradas. Así, cuándo tenemos un estado energético en que las moléculas están muy cohesionadas, tenemos una materia más densa o cristalizada, como en nuestro cuerpo físico. Cuándo las moléculas de energía están menos cohesionadas, tenemos el cuerpo sutil. Por ejemplo, una piedra posee una vibración mucho más lenta que el perfume de una flor, que a su vez es más lento que un pensamiento!
La segunda ley afirma: porque todo vibra es necesario fluir; y por lo tanto, es necesario estar en un ligero estado de desequilibrio. Esta ley vale tanto para el agua como para nuestra vida.
La tercera ley resalta: la energía de determinada cualidad o vibración atrae otra cualidad o vibración del mismo tipo. Esto quiere decir, la energía se mueve de forma circular: todo aquello que emanamos retorna para nosotros mismos.
El conocimiento de estas tres leyes nos alerta al hecho de que cada uno de nosotros posee un acorde interior que está en constante resonancia con los otros. Para que esta resonancia sea armoniosa, es preciso que sepamos aplicar estas tres leyes en nuestra vida cotidiana.
En tanto, sabemos cuán trabajosos es mantener la vida positiva. Por ejemplo, como aplicar estas leyes cuándo estamos preocupados?
Primero, vamos a cerrar los ojos y respirar profundamente algunas veces. Ahora, con toda sinceridad, debemos responder para nosotros mismos: “Con que frecuencia he sido ganado por la energía de la preocupación”? Es importante cuestionarnos de esta forma, pues la mayoría de las veces no estamos conscientes del hábito de preocuparnos.
La preocupación es una especie de stress auto-aplicado. Su energía es densa y pesada. Convierte nuestros pensamientos fijos, paralizados, y su retorno es constante, surge como pensamientos obsesivos y más preocupaciones.
La preocupación es un peso extra del cuál precisamos aprender a liberarnos. Al aplicar la primera ley, recordaremos que nada es definitivo! Hasta la misma muerte es apenas un punto de pasaje para otro ciclo.
En tanto, no vamos a profundizar en la muerte como ejemplo, pues este no es el momento de intensificar nuestras percepciones! Al final, para aplicar la segunda ley, esto es, para hacer que la energía parada de la preocupación vuelva a fluir, todo drama debe ser evitado. Es hora de simplificar.
por Bel Cesar - belcesar@ajato.com.br Traducido Por Melissa Park

jueves, 2 de mayo de 2013

Entrevista a Ramiro Calle


¿Qué entiendes por espiritualidad?
Entiendo la espiritualidad como una actitud y un proceder. También como una aspiración y un modo de vivir. Una aspiración de perfeccionarse, lograr que la consciencia evolucione, mejorar no solo la calidad de vida exterior sino la interior. Un modo de vivir que se base en la nobleza, la compasión, la cooperación y la mutua ayuda. Una actitud inspirada en la atención consciente, el sosiego, la ecuanimidad, la lucidez. Un proceder que permita conciliar los propios intereses con los de los demás, que esté libre de ofuscación, avidez y odio, y encuentre su luz en la claridad mental, la generosidad y el amor.
Para mí la espiritualidad nada tiene que ver con las creencias, los dogmas o las religiones. Una persona puede ser muy espiritual sin pertenecer a ningún culto o sin tener ninguna creencia, y otra que se dice muy religiosa y sigue los dogmas, no tiene nada de espiritualidad. La espiritualidad es, pues, una motivación consistente en humanizarnos y respetar a todas las criaturas sintientes. Y la espiritualidad hay que llevarla al corazón mismo de la vida y con esa actitud que es la del noble arte de vivir, impregnarlo todo. La espiritualidad está en el cuerpo, la sexualidad y el instinto, las emociones y la mente. Es un espacio de consciencia y el que llamaba Buda el recto proceder y el recto sustentamiento. ¡Ay de aquel- dicen los sabios de Oriente- que por ir en su propio beneficio va sistemáticamente en detrimento del de los otros.
Siempre se habla de un cambio colectivo, pero nunca llega y cada día hay más codicia, ofuscación, odio, rivalidades. ¿Qué puede hacer una espiritualidad verdadera para cambiar el mundo?
Se ha dicho que si por cada ciudad hubiera una persona despierta, verdaderamente despierta, cambiaría la faz del mundo. Todo lo peor surge de la ofuscación, en la que entroncan la desmesurada codicia y el odio. La tragedia es vivir de espaldas a lo mejor de uno mismo, creer ilusoriamente que no morimos (el “ milagro” es siempre creer que los que mueren son los otros) y no tratar de crecer interiormente y humanizarnos. Como dice Baba Sibananda, venimos aquí unos solos días para hacernos la foto y luego nos marchamos. El único sentido, y en eso la actitud de la verdadera espiritualidad es de enorme ayuda, es cooperar con nosotros mismos y con los demás. La espiritualidad verdadera, y no las iglesias instituidas, es la que puede mejorar el mundo… Pero para ello urge cambiar la mente, porque si el reformador no reforma su mente, por ejemplo, ¿qué tipo de reforma podemos esperar de él? De los políticos prefiero ni hablar: son actores frustrados. Como dijo Jesús, ciegos dirigiendo a otros ciegos y todos al barranco. Coincido plenamente con Krishnamurti cuando dijo que los políticos no son gentes de fiar, pero no quiere decir que no haya alguna excepción al respecto.
¿Cuál es tu sentimiento y pensamiento sobre Jesús?
Para mí Jesús forma parte del linaje de los grandes liberados-vivientes,
aquellos que han sido, en palabras suyas, la sal de la tierra; los que han
superado todas las mancillas de la mente y han permitido así que aflore la compasión infinita. Por esa compasión infinita invirtieron sus vidas en llevar hasta los demás las enseñanzas, métodos y claves para la elevación de la consciencia y la conexión con el nivel de Arriba. Jesús era de Arriba.
¿A qué hay que renunciar para ser libre?
Al afán de posesión, a la necedad y ofuscación de la mente, a la idea ilusoria de que podemos controlarlo todo, al apego y el aborrecimiento, a los viejos patrones y esquemas y filtros socioculturales. Morir para renacer. A cada momento, a cada instante, sin acarrear la mente vieja saturada de heridas, rencor, miedo, afán de venganza. Desidentificarse del ego para ser uno mismo; desalienarse, recuperar el hogar interior.
¿Por qué hay tanta avidez y codicia en el mundo?
La codicia es el resultado del ego irrefrenablemente voraz, que solo quiere acumular y retener, que está en el tener y nunca en el ser. Es la mente calculadora y rentabilizadora, que no tiene fin, que es como un rapaz estómago sin fondo. Es el mayor mal de esta sociedad, la que crea todo tipo de desigualdades, explotaciones, denigraciones, manipulacio-nes, horror. La codicia no tiene fin y un sabio hindú la llamó el “círculo vicioso del noventa y nueve”. Cuando uno tiene de algo noventa y nueve, la mente dice “voy a redondear hasta cien” y cuando tiene ciento noventa y nueve, “voy a redondear hasta doscientos” y así sucesivamente. El signo del kali-yuga, la época más negra, es la codicia. Invade todos los estamentos, instituciones, y demás, como una marea negra y pestilente.
¿Dónde está la sabiduría? ¿Y dónde la gracia?
Dentro de uno. La gracia si estuviera fuera, vendría y se iría, pero está dentro de uno. Hay que ganarla, hay que activarla, hay que merecerla. No viene gratuitamente. Es lucidez y compasión. Igual que un ave necesita de ambas alas para remontar el vuelo, así las alas para remontar el vuelo hacia el Ser son la lucidez y la compasión.

¿Qué reacción te despierta la muerte?
Déjame hacer una broma, querido Joaquín: cuando me esté muriendo te lo diré. Mientras tanto es una idea, pero una idea que hay que instrumentalizar para ser más honesto, vital, sabio, amoroso. El recordatorio de la muerte es fantástico. Tenemos que aprender a soltar, empezando por este cuerpo, que un día dejaremos como unos zapatos viejos. Decía Buda que ante la muerte todo palidece. Recordarla nos hace más humildes. Si fuéramos a cada momento conscientes de la muerte no seríamos tan mezquinos, no tendríamos tantos apegos bobos, seríamos más cooperantes y amaríamos más a los seres queridos, pues les podemos perder en cualquier instante.

domingo, 28 de abril de 2013

¿Qué es la conciencia?


Muchas veces me he preguntado qué es la conciencia a la que se refieren los maestros espirituales. Utilizamos un tipo de conciencia (la reflexión) para vivir con conciencia (atención), ampliar nuestros niveles de conciencia (entendimiento y percepción) y llegar hasta la conciencia universal (dios). Comienza por lo general por una búsqueda interior para crecer y muchas veces para encontrar un propósito y un sentido trascendente en este paso por la tierra. .
Es un proceso individual de autoobservación y búsqueda de un conocimiento profundo para la evolución humana, una expansión de nuestro ser, una búsqueda espiritual y un renacer a otros niveles de realidad a través de un entendimiento. Por tanto, es un proceso que involucra responsabilizarse, liberarse, algunas veces reinventarse y de alguna manera transformarse. Lo podríamos explicar a través de sus diferentes nociones y dimensiones progresivas: reflexión, atención permanente, entendimiento y universalidad.
¿Qué debo hacer para realizarme personal y espiritualmente? ¿Cómo puedo ser una persona más sabia, valiente y feliz? ¿Cómo vivo, qué digo, como actúo? ¿Cómo puedo aprovechar la vida al máximo y generar un impacto positivo en el mundo? ¿Cómo puedo desarrollar mis facultades y alcanzar mis propósitos? ¿Qué control tengo sobre mi mente, mi cuerpo y las fuerzas que operan en mí? ¿Cuáles son mis pautas éticas y mis sistemas de valores? Son ciertas preguntas que acompañan este asumirnos a nosotros mismos y que por lo general involucran una búsqueda interior y un despertar espiritual.
El yoga nos hace ser conscientes de nosotros mismos, y de preguntas filosóficas como el origen del mundo, nuestra misión en la vida, las relaciones con los demás, la muerte, el sentido de la vida, y la manera para ser mejores seres humanos. Pero también qué condicionamientos mentales y actitudes he heredado o adquirido, que son limitantes para mi desarrollo y que me impiden ser libre, forman parte de este despertar de una conciencia autoreflexiva, que va de la mano de una conciencia ética y espiritual.
Los caminos espirituales nos hacen conscientes de nosotros mismos y de lo que sucede en nuestro mundo interior, así como de nuestros condicionamientos, sistemas de creencias, comportamientos provenientes de unos familiares o culturales. Es una gran oportunidad para observarnos, como si fuéramos un tercero que va a cine y ve una historia ajena sin involucrarse.
Atención, entendimiento y realización
Tomar distancia de lo que sucede en nuestra mente y nuestra vida es el primer paso para dejar de vivir controlados por el ego, o la ilusión de que somos un individuo con una identidad, unas características, unos deseos, gustos, unos objetivos, unos principios, unos temores y prejuicios determinados y que no podemos cambiar.
La conciencia empieza a modificar nuestra vida porque le da un giro a la forma como vemos el mundo; y también la vida empieza a responder de una forma diferente. Significa parar un poco y dejar a un lado las expectativas del entorno o los miedos y escuchar nuestra alma, que nos dice qué es lo que realmente queremos hacer. Porque tenemos atención.
Cuando observamos nuestra mente nos darnos cuenta de que nuestra mente tiende a apegarse al momento presente, a las personas y a las cosas y que esa es uno de los principales motivos de nuestro temor. Nos damos cuenta de que la naturaleza de la existencia es cambiante y que la permanencia y predictibilidad que pedimos no es ni posible no deseable. Conciencia es también tener toda la atención al momento presente y a cada cosa que hacemos. Es darnos cuenta de que siempre estamos pensando en los objetivos y que nos olvidamos de estar presentes en el camino.
También que nuestra felicidad no puede estar en lograr o poseer porque la dicha del mundo siempre tiene como contracara el sufrimiento. Y que el desasosiego de la vida o el temor a la muerte que nos llevan a las adicciones, a los excesos, a la ansiedad permanente o a la depresión se conquistan con la paz interior, que comienza por la paz mental, donde podremos ver con claridad nuestro camino y nuestra esencia divina. Que tiene que haber algo grande que nos explique y transforme.
La conciencia es el primer paso para cambiar, pues sólo si nos observamos, si observamos nuestros pensamientos que es donde se originan nuestras emociones, la vida que creamos y nuestras dichas y desdichas, podremos tomar el control y asumir la responsabilidad que tenemos, no solo en nuestra propia vida o en nuestro desarrollo personal, sino también en el mundo que creamos colectivamente.

viernes, 22 de febrero de 2013

El alquimista


Un joven, deseoso de buscar el verdadero conocimiento, abandonó todo y resolvió llevar una vida errante, para dedicarse enteramente a la búsqueda de la sabiduría.
Estaba en una cierta zona de Asia, cuando oyó hablar en una ciudad de un hombre sabio que vivía en una montaña lejana, y que tenía la capacidad de fabricar oro de las piedras. Al oír esa historia, decidió ponerse en camino, encontrar a ese sabio, y pedirle que le enseñase ese maravilloso poder.
Tras muchas jornadas de camino y penalidades, consiguió llegar al lugar donde vivía el alquimista, y le pidió que le enseñase el don de fabricar oro. El anciano le miró compasivo, le dio una escoba de barrer y le dijo: «Más tarde te enseñaré. Ahora, coge esta escoba y ponte a barrer».
Cuando hubo terminado, el joven volvió a su petición, pero el anciano le dio un delantal, y le conminó a que se metiera en la cocina y preparase algo para comer. «Mañana te enseñaré lo que quieres saber —le dijo—. Hoy se ha hecho muy tarde».
Al día siguiente, el alquimista encargó al muchacho multitud de tareas: cavar un campo de hortalizas que había cerca, arreglar el techo de la cabaña, ordeñar unas cabras... por la noche, el joven volvió a preguntar, pero obtuvo la misma respuesta: «Mañana».
Pero el día siguiente fue igual que el anterior: trabajos y más trabajos. Y fueron pasando los días, las semanas, los meses y los años, y el muchacho no cesaba de trabajar, de encargarse de toda clase de faenas. De vez en cuando, le recordaba al anciano su demanda, pero siempre  era igual la respuesta: «Mañana».
Así, llegó el momento en que el muchacho, ya maduro, se olvidó de preguntar: Ya no recordaba la intención que le había llevado a aquel lugar. Se limitaba a trabajar y a descansar.
Entonces, una mañana, el maestro le llamó y le dijo: «Muy bien, deja eso que estás haciendo y ven conmigo, porque voy a enseñarte ahora cómo fabricar el oro».
El muchacho, que estaba regando la huerta, respondió inmediatamente, sin volver la cabeza: «Mañana, maestro, ahora estoy muy ocupado. Estas plantas necesitan agua».

lunes, 18 de febrero de 2013

El teatro espiritual


La espiritualidad es tan bella que muchas veces se la desea, como se hace con las virtudes, por el adorno que proporciona. Pero si a la espiritualidad le falta la expresión exterior de la virtud, que todos pueden ver y que tantos admiran, muchos se turban y desesperan, y está claro que con ello pierden la esencia de la misma espiritualidad. En realidad, y es doloroso tener que decirlo pero es así, los seres humanos no tenemos que sorprendernos de vernos, desde el momento en que nacemos, sometidos al ego y llenos de deseos.
diablo1En la “normalidad” de nuestra vida cotidiana no nos damos cuenta que la humanidad está enferma, pero por poco que reflexionemos veremos que cabe la posibilidad de vivir de una manera mucho más espiritual. Por desgracia, aunque nada es tan grande y tan noble como la espiritualidad nada es tan ridículo y tan bajo como la idea ignorante que se forman de ella muchos individuos que desean que se les tome por espirituales. La persona espiritual es lazo de unión y de paz en las familias, es amistad eterna y lleva en su interior la luz que ilumina el camino de la vida. La persona que es espiritual ama a Dios y es por completo enemiga de la superficialidad y de la frivolidad.
Hay cosas que parecen y otras que son. Distinguir perfectamente la apariencia de la esencia, la imagen de la moral, no es tarea fácil, pero sí provechosa. ¿Es posible diferenciar la crítica honesta de la vituperación maliciosa, la indignación de la ira, el desdén de la envidia? A estas actitudes las distingue únicamente la textura del alma, porque la acción es siempre mecánica y responde a una fuerza soberana que la anima. Así lo que en un ser humano íntegro es sana indignación, en el mezquino puede ser cólera impotente. Todo se reduce a un juego de intenciones.
Hay quien ofrece un serio espectáculo pretendiendo ser lo que no es. Condenándose a la hipocresía y a la mentira se enajena de sí mismo para entrar en un Universo ficticio, desconectado de su propia realidad y carente de toda consistencia. En el camino de la espiritualidad no es lícita la teatralidad ni la representación. Hay quienes se disfrazan y toman la máscara y las apariencias de la espiritualidad y del conocimiento, consiguiendo con este engaño pasar a los ojos del mundo por personas compasivas y santas. De esta forma descuidan sus deberes fundamentales y levantan un edificio sin cimientos. Pero no siempre hay hipocresía y malicia en estos amaños, pues frecuentemente nacen debido a la falta de inteligencia, a los desequilibrios emocionales y a un exceso de imaginación, todo ello mezclado con un deseo inmoderado de imitar a grandes “santos” o figuras espirituales. No ven estas personas que no es únicamente el hecho lo que verdaderamente importa, sino también el espíritu con que se realiza.
Una de las virtudes más dignas es la humildad. Algunas acciones realizadas por espíritus nobles con fines adecuados serían verdaderas locuras si las hiciéramos personas corrientes y, además, no animadas con el mismo espíritu. Es lamentable que algunos pretendan trazarse un método de vida como si vivieran en determinadas comunidades “religiosas” e imiten en todo a personas muy particulares y con formas de vida muy concretas.
La hipocresía religiosa es una falta muy grave. Este teatro espiritual, aún en aquellos casos en que se manifiesta inconscientemente y más bien con apariencias de mal hábito contraído que con deliberado ánimo de engañar, es algo inapropiado. La hipocresía espiritual es todo lo contrario de la sencillez. La afectación, la beatería ñoña, la tendencia a escandalizarse por cualquier nadería, el disimulo, y todo lo que suponga un formulismo hueco en la práctica de la espiritualidad, es inapropiado. Frente a esta duplicidad toda la severidad e inflexibilidad es poca. Nuestros pensamientos, sentimientos y actos deben ser siempre dignos de un espíritu noble y elevado. Ser una persona espiritual no consiste, ni mucho menos, en torcer el cuello, inclinar la cabeza y caminar afectadamente, sino que se fundamente en ser siempre conscientes y obrar de manera adecuada. Pocas cosas hay que hagan degenerar tanto la nobleza espiritual ni nada que haga tanto daño al camino de la Luz como el taimado disimulo. Las personas que se comportan con hipocresía se pierden en pensamientos maliciosos; para ellos la prudencia consiste en ocultar el propio corazón detrás de las maquinaciones y el pensamiento bajo el velo de las palabras engañosas. Esta es la prudencia que se enseña a los hombres y a las mujeres desde su juventud; se llama cortesía y educación a la perversidad del corazón, y se desprecia a aquellos que la ignoran. La persona espiritual es consciente, atenta y obra siempre de forma adecuada y justa. Pero el mundo deshonra esta sencillez del alma justa, y sus sabios llaman necedad a esta exquisita delicadeza de la virtud.
La hipocresía no puede aliarse con la espiritualidad. Muchos de los que se consideran espirituales poseen una prudencia extremadamente atenta y cuidadosa para las controversias, los honores, los rangos y para atesorar y, en definitiva, actúan movidos por deberes imaginarios, por un celo sofisticado y una cierta “espiritualidad” artificiosa. Bien lejos de ser sencillos, la mayor parte de las personas que se dicen espirituales no son sinceras, sino falsas y disimuladas con su prójimo, con ellas mismas y con Dios. El disimulo y la afectación son vistos como una equivocación por todos los corazones nobles, porque tanto en el interior como en el exterior debe resplandecer en las personas la sinceridad. La espiritualidad debe ser inocente y franca, porque el camino espiritual es recto, de ninguna manera indefinido ni torcido. Por esta falta de franqueza y de naturalidad, por este amaneramiento, muchos que se dicen espirituales inspiran desconfianza, aunque no estén desprovistos de cierta virtud. La inocencia, la franqueza, la rectitud y la lealtad inteligente, en nada se oponen a la prudencia, sin la cual la virtud misma se convierte en vicio y se hace ridícula.
Para que todos nuestros pensamientos, sentimientos y actos estén realizados en Dios y con Dios, es necesario que no prescindamos nunca de la consciencia, del discernimiento, de la razón y del sentido común. Somos seres racionales y hay oscuridad e ignorancia en todo lo que se hace sin cabeza. En el camino espiritual todo es luz e inteligencia. Por eso resulta asombroso ver cómo pueden llamarse “maestros” o “guías” los que ni tan sólo han llegado al primer curso en prudencia y conocimiento puramente humanos.
Todas las cosas grandes tienen su origen en las cosas pequeñas de la misma forma que los granitos de arena forman la enorme extensión de los desiertos. En moral no se concibe la grandeza sin una humildad profundamente sentida. La espiritualidad se alimenta de pequeños actos, y cuanto más profundizamos en la espiritualidad más valor les damos a los pequeños actos y más fácilmente sacamos a la luz el móvil y el objeto verdadero de tales actos.
La espiritualidad no debe estar construida con actos heroicos ni con trabajos de gran envergadura. No se tiene que confundir la más elevada espiritualidad ni con prácticas exteriores ni con ejercicios interiores. La espiritualidad se fundamenta en ser conscientes y en obrar de forma adecuada. Ella hace a todas las personas humildes y pequeñas en los brazos de Dios a la vez que grandes y magnánimas para realizar lo que se debe hacer. Sólo la espiritualidad otorga sencillez y humildad, aunque hayan individuos que se digan a sí mismos espirituales y estén llenos de afectación y de deseos de exhibición.
Saber tratar los caprichos, las acciones y las maneras descorteses del prójimo, la renuncia a nuestras oscuras inclinaciones, la tarea que realizamos para vencer nuestras aversiones, el conocimiento de nuestras imperfecciones, el trabajo constante para mantener nuestra alma en un estado constante de limpieza y el amor hacia nuestra propia equivocación son grandes y bellas virtudes si contemplamos la vida con consciencia y con amor, aunque el hinchado orgullo de la humanidad no lo crea así.
Devoción sí, pero fariseísmo no. La espiritualidad es un asunto de dentro y de fuera, y no se debe que olvidar la importancia que tienen los dos aspectos. Hacer de nuestros actos el objetivo de la vida o hacerlo de nuestra vida interior señala inmadurez espiritual y es un indicio de un excesivo amor propio. Muchos parecen espirituales por la forma exterior que presentan, parecen rebosar humildad y sabiduría, pero en realidad no viven espiritualmente. Cuando el camino espiritual se desequilibra porque se da más importancia a un aspecto que a otro se convierte en una práctica equivocada y puramente humana que es preciso tratar de forma inteligente y firme.
Estas personas aparentemente espirituales ofenden más a Dios con el corazón, con su disposición interior, que con sus obras. Después de haber abandonado ciertas costumbres groseras adquieren otras maliciosamente refinadas con lo que sus diferentes egos se fortalecen en su interior. Empapados de conocimiento erudito aparecen por fuera como modelos de perfección espiritual. Pero suelen ser muy impresionables y muy celosos de su reputación espiritual, de modo que sus impurezas son más intensas que en otras personas que parecen menos espirituales. No es raro que la vanidad y el orgullo espiritual se escondan en el interior de quienes menos sospechamos y en la ceniza que queda de los antiguos egos.
La grandeza se encuentra en ser conscientes y obrar adecuadamente en la humildad de la vida cotidiana. Pero las acciones que se realizan en ella deben tener como fin obrar en justicia, cumplir lo que se debe hacer, sin tener ningún otro motivo egoísta que acompañe a la acción. Si no se obra de una manera limpia la vida se reduce a un absurdo, la podríamos comparar entonces a árboles en flor que no llegan a dar fruto.
En religión, en política y en la apreciación de los valores en cualquier orden, los seres humanos difícilmente respetamos los límites que pone y señala la sabiduría. Nos comportamos como un mal jinete que con dificultades guarda el equilibrio y se mantiene sobre la silla. De la misma manera que rompemos casi todo lo que tocamos y desafinamos en tantas cosas, al recorrer el camino de Dios continuamente hacemos lo mismo. El camino espiritual lo recorremos personas que ignoramos los valores eternos y nos encontramos poco evolucionados. Y, no importa cual sea nuestra categoría o distinción social, las personas poco evolucionadas nos equivocamos continuamente.
En su ignorancia, quienes son ambiciosos sufren en su ansia de perfección absoluta. Pero la perfección no es más que un sueño dorado que no es de esta vida. Debemos usar el discernimiento y comprender la sana filosofía que nos dice que en toda creencia hay siempre de más y de menos, y que no todas las prácticas espirituales convienen a todos. Entre los individuos simples que tienen anhelos de perfeccionamiento existe una glotonería espiritual que multiplica hasta el exceso las prácticas. Esta avidez les impide tener en cuenta que siempre existe una diferencia entre las personas evolucionadas y las que no lo están, y esto hace que no las seleccionen ecuánimemente.
El invitado que asiste a una gran fiesta y ve ante sus ojos la variedad de alimentos y licores, sólo come y bebe lo que cree conveniente, sin criticar lo que comen y beben el resto de convidados ni murmurar sobre la esplendidez de quien los invita. Invitadas todas las almas al banquete espiritual, cada una debe escoger el camino que se ajuste a su forma de ser. Sin murmurar ni criticar lo que hagan otros, sabiendo que si nos entregamos a gran número de prácticas, de devociones y de obligaciones, se amortigua el espíritu de vida, se apaga el ánimo y se cae en una especie de avaricia espiritual en la que se amasa todo con la misma intención de quien se quiere enriquecer pronto. La humanidad no se da cuenta que la perfección no consiste sólo en las acciones que se realizan, sino también en la disposición interior del espíritu. Y es que todos los seres humanos, sin excepción, somos unos niños grandes que tenemos que trabajar para alcanzar la madurez, y sólo se llega a la mayoría de edad espiritual cuando el alma prácticamente ya es toda luz.
Cuanto más se avanza por el camino espiritual menos fórmulas se necesitan, por eso las almas evolucionadas no se apoyan en reglas, normas ni doctrinas, sino que son por completo libres. Y esto parece ser difícil de comprender, sobre todo a quienes a duras penas pueden alcanzar un ápice de luz.
La más elevada práctica espiritual consiste en ser conscientes y en obrar de forma justa y adecuada en todo. Pero el ser humano normalmente necesita de otras prácticas menos perfectas con el fin de prepararse. Aquí es muy necesaria la virtud de la templanza y de la moderación si se quieren evitar los desvaríos, pues puede haber mucha vanidad y vana complacencia en el culto que se tributa a los ejercicios prácticos, a las imágenes y a los objetos. La persona que es verdaderamente espiritual no coloca su devoción, su fe ni su fervor en las cosas visibles ni en las prácticas y no necesita ningún objeto o imagen. Pero hay quienes parecen niños que tienen necesidad de juguetes.
Si un arquitecto se olvidara de la solidez y de la buena distribución de una edificación, y pusiera toda su atención en los adornos que dan belleza a los edificios, podríamos decir, acertadamente, que tal arquitecto se confunde y da más importancia a lo secundario que a lo principal. Nadie puede negar que los arabescos, los estucados y las cornisas tienen su valor, pero también es cierto que estos adornos dañarían más que aprovecharían, por ejemplo, al levantar casas económicas. En los asuntos del espíritu es incalculable el daño que hace la ignorancia del orden de los valores pues, aunque todo lo que existe tiene su valor, debemos aprender a discernir lo esencial de lo secundario y lo mejor de lo bueno.
El plano que no perciben directamente los sentidos comunes y el mundo que normalmente se percibe brotan de la misma fuente, y en vez de enfrentarlos pensando en que algo es material o es espiritual es preferible pensar que todo proviene de Dios, que todo es Dios y que vivimos en Él, aunque debamos ordenar todas las cosas según su valor e importancia. La filosofía, la historia, los noticieros, la política, la economía, la bolsa, las nobles rivalidades entre pueblos, la vida social, la radio, la televisión, el cine, el teatro, los deportes, etc. no son cosas de las cuales una persona espiritual deba apartar siempre los ojos con horror y con asco. El iniciado en el camino sabe que la espiritualidad más elevada consiste en ser plenamente consciente y obrar adecuadamente en todas las circunstancias de la vida, y que el marco personal en el que se desenvuelve no es más que el escenario que le brinda la oportunidad de aprender a ser espiritual.
Los seres humanos podemos bien poco por nosotros mismos. Cuando tiramos una piedra sólo alcanza ésta unos pocos metros y al momento cae al suelo, donde antes estaba esperando que alguien la pisara. Pero si es la mano de Dios, la misma que esparce las estrellas por el firmamento, la que tira la piedra, ya no hay quien la haga caer ni la desvíe de su órbita. De la misma manera, cuando la gracia divina se derrama sobre una persona, llenándola gratuitamente con dones naturales y sobrenaturales, con consuelos y con caricias, no sólo la reviste de luz y de claridad sino que la enciende con un fuego purificador y la baña de consuelo, de paz y de belleza. La empuja a amar y a hacer el bien. Dios mismo la impulsa y se vale de ella como instrumento para aplastar la maldad con la fuerza del bien.
En este profundo estado de amor y de conocimiento, el ser humano es feliz y hace felices a cuantos le rodean. Es un apoyo seguro para los que vacilan en sus caminos inciertos, es luz para los que caminan en las sombras de la ignorancia y de la duda y es fundamento para los que caminan por el sendero de la espiritualidad.
Es un espectáculo bellísimo ver a una persona espiritualmente desarrollada. La conversación y el trato con ella no cansa nunca, al contrario, produce gozo y alegría. Dueña de su espíritu y de su voluntad, se mueve en una atmósfera de serenidad contra la que nada pueden hacer las necesidades físicas. Su consciencia se baña por completo en un océano de luz divina, su voluntad está definitivamente orientada hacia la bondad absoluta, su corazón se mueve por un solo amor y todo su ser se goza en Dios, en una paz tan completa que ya no puede vivirse nada mejor. Cuando se ha gustado una vez este bienestar interior todo otro placer se ensombrece, se vuelve pequeño y de ningún valor.
Pero por sublime que sea la imagen que presenta una persona espiritual esparciendo a su alrededor la felicidad interior que le inunda, es más hermoso verla luchando a brazo partido contra la adversidad que le asedia por todas partes. La vida de estas personas también está llena de trabajos, de dificultades y de tentaciones. Las contradicciones, las tristezas y las responsabilidades, también decoran la vida de estas sublimes personas. Pero el consuelo de la sabiduría les da aliento y dulzura.